Pocos vecinos, muchos décimos: lo que la Lotería de Navidad revela sobre la España vacía

por Álida Pastor

Provincias despobladas como Soria triplican la media nacional de inversión en un sorteo que funciona como nexo para los que se marcharon a la ciudad

Varios décimos de la Lotería de Navidad mezclados con monedas y billetes de euro.
Imagen de MarioGuti en Pixabay

La provincia de Soria apenas roza los 90.000 habitantes empadronados, pero cada diciembre rompe todas las estadísticas. Según los últimos datos oficiales de Loterías y Apuestas del Estado (SELAE) para el Sorteo Extraordinario de 2025, cada soriano gastó una media de 261,77 euros en décimos, más del triple de la media nacional (76 euros). Le siguen muy de cerca en el ranking nacional otras zonas marcadas por la despoblación, como Palencia o Burgos.

El contraste es llamativo: en estas provincias hay pueblos donde apenas viven 20 personas durante todo el año. Sin colegio, sin banco y con el consultorio médico abierto solo algunos días del mes. Sin embargo, cada diciembre, en algunos de estos lugares se venden cientos de décimos de la Lotería de Navidad.

La pregunta que se hacen muchos es inevitable: ¿cómo un pueblo casi vacío puede repartir tantos números?

La respuesta no está en el número de habitantes, sino en los vínculos que los unen.

Según el Instituto Nacional de Estadística, decenas de municipios españoles tienen menos de 100 habitantes censados. Pero esa cifra no refleja necesariamente la vida real del lugar. Muchos vecinos trabajan en las grandes ciudades y regresan los fines de semana. Otros vuelven al pueblo en verano. Hijos y nietos que se marcharon a la ciudad siguen manteniendo la casa familiar del pueblo. La población oficial es mínima, pero la red emocional es mucho más amplia.

En este contexto, la Lotería de Navidad funciona como una tradición compartida. El Sorteo Extraordinario de Navidad no es solo un evento económico, sino un nexo de unión. Comisiones de fiestas, bares del pueblo o asociaciones culturales suelen ser las encargadas de distribuir los números. Antiguos vecinos que ahora residen en ciudades como Madrid, Bilbao o Valencia, compran “participaciones” del número sintiéndose parte del lugar donde nacieron o crecieron.

En muchos casos, los décimos no se venden como un negocio, sino como parte de una tradición. Se mantiene porque cada año ha sido así. Porque el número lo guarda siempre la misma familia. Porque alguien lo empezó hace décadas y no se quiere romper esa costumbre. Es una forma también de recordar a los que ya no están y antes compartían esa misma ilusión.

Este fenómeno encaja en la realidad descrita como “España vacía”, concepto popularizado por el ensayo La España vacíade Sergio del Molino. Son territorios marcados por la despoblación, el envejecimiento y la pérdida de servicios básicos, pero donde aún persiste un fuerte sentimiento de identidad que reivindica una verdadera cohesión territorial.

Pero, ¿puede un premio cambiar el destino de uno de estos pueblos? Probablemente no de forma estructural. Un décimo premiado puede reformar viviendas, reabrir un bar o generar un impulso puntual. Pero los problemas de fondo –empleo, transporte, conectividad o acceso a servicios– requieren políticas públicas sostenidas, muchas de ellas impulsadas desde el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

La lotería no repuebla. No abre colegios. No devuelve médicos permanentes al consultorio.

Pero sí mantiene algo esencial: el vínculo.

Cada diciembre, cuando suenan los niños de San Ildefonso, esos pueblos vuelven a aparecer en el mapa emocional de quienes se marcharon. Y durante unos días, la comunidad –aunque dispersa– vuelve a sentirse unida por el mismo número.

En la España rural, a veces, eso ya es mucho.

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