Estas construcciones sobre pilares de piedra, típicas de Asturias, Cantabria y Galicia, esconden una ingeniería centenaria pensada para burlar a la humedad y a las ratas

Sobre cuatro o seis pilares de piedra, suspendidos a un metro del suelo, miles de hórreos y paneras siguen en pie en los pueblos del norte de España. No son simples graneros, sino que son la respuesta rural a un problema muy concreto, como guardar el grano seco, ventilado y a salvo de roedores. Problemas que fueron resueltos siglos antes de que existiera cualquier sistema de conservación moderno. Hoy, muchos sobreviven vacíos o reconvertidos, pero siguen marcando el paisaje de la España rural como uno de sus símbolos más reconocibles.
¿Qué son?
Un hórreo es una construcción elevada, tradicionalmente de madera y con cubierta a dos aguas, usada para almacenar y secar grano, maíz, embutidos u otros alimentos. Su rasgo más característico es que no toca el suelo.La estructura se apoya sobre pilares llamados pegoyos (o pegollos), asentados en su base sobre el pilpayo, una piedra que evita que el pilar se hunda en el suelo y lo protege de la humedad. En su parte superior, el pilar está rematado por una piedra plana en forma de disco, la muela (o tornarratos), que sobresale del pilar. Ese saliente es la clave de todo el sistema, ya que impide que ratas y otros roedores trepen hasta el granero, porque no pueden saltar el reborde.
La estructura se completa con el corredor, que es una especie de balcón perimetral que rodea el cuerpo del hórreo y sirve para tender ropa o secar productos. Por otro lado, el tejado es tradicionalmente de teja curva o de losa, según la zona.
En qué se diferencian Hórreo y Panera
Aunque en el habla cotidiana se usan casi como sinónimos, técnicamente son dos construcciones distintas, y la diferencia está en la planta:
- Hórreo: planta cuadrada o casi cuadrada. Es el modelo más extendido y el que suele aparecer en fotografías de pueblos asturianos, cántabros o gallegos.
- Panera: planta rectangular, generalmente de mayor tamaño y con más capacidad de almacenamiento. La panera suele tener 6 pegoyos, mientras que un hórreo 4. Así, la Panera puede soportar la carga adicional.
Esta diferencia responde a necesidades distintas según la producción agrícola de cada zona y de cada familia, no por simple estética.
El origen
El origen de los hórreos es incierto y se discute entre historiadores. Hay quien sitúa sus antecedentes en construcciones célticas o incluso romanas, mientras otros defienden un desarrollo propio de las comunidades campesinas del norte peninsular durante la Edad Media. Pero, lo que sí está documentado es su expansión y consolidación entre los siglos XVI y XVIII, cuando la llegada del maíz americano a España disparó la necesidad de espacios de secado y almacenamiento adaptados a este nuevo cultivo.
Incluso en cierto momento, fuentes asturianas nos confirman que algunos jornaleros vivían en estas estructuras cuando era época de cosecha, a pesar de que no fuera lo más común.
Con el tiempo, el hórreo dejó de ser solo una herramienta agrícola para convertirse también en un símbolo de estatus familiar. Cuanto más grande y más decorado, mayor era el patrimonio de quien lo poseía, y por eso muchos ejemplares conservados hoy presentan tallas en la madera, fechas grabadas o motivos religiosos en los remates del tejado.
¿Qué más guardaban?
Aunque el maíz y el cereal son su función más conocida, el hórreo funcionaba en realidad como una despensa integral para la casa. Del corredor y de las vigas interiores se colgaban también embutidos, jamones y otros productos de la matanza, aprovechando la ventilación natural de la estructura para su curado y conservación. Mazorcas, legumbres, patatas o incluso herramientas encontraban su sitio en este espacio elevado, que actuaba como un almacén multiuso para todo lo que la familia necesitaba proteger de la humedad, los animales y las inclemencias del tiempo.
¿Por qué siguen en pie?
En pleno siglo XXI, la función original de los hórreos ha perdido peso frente a la agricultura industrializada y a los sistemas modernos de conservación de alimentos. Aun así, miles de ellos siguen presentes en el paisaje rural, muchos protegidos como Bienes de Interés Cultural o catalogados por su valor etnográfico. Algunos han sido rehabilitados como trasteros, estudios o incluso pequeñas viviendas, mientras otros resisten silenciosos.
Para la España vaciada, el hórreo es más que arquitectura. Es memoria construida en madera y piedra, y una de las señas de identidad que todavía distinguen a sus pueblos.
