Autora del libro 'La mirada del corzo' fotografiada en un fondo de naturaleza.

Natalia Gómez del Pozuelo: “En la España menos poblada son las personas las que sostienen el territorio”

por Álida Pastor

La autora de La mirada del corzo recorrió a pie y en solitario cientos de kilómetros por pequeños municipios de la España vaciada

Natalia Gómez del Pozuelo, autora del libro La mirada del corzo / Foto cedida por María Paula Fernández Pondal

Sin prisa, sin retos deportivos ni un itinerario fijo. Así decidió lanzarse a los caminos Natalia Gómez del Pozuelo tras una crisis personal. Su objetivo no era batir un récord ni llegar a un destino concreto, sino experimentar el mundo a la velocidad de los pasos y narrarlo en directo. El resultado de aquel viaje en solitario por pequeños pueblos de la España menos poblada es La mirada del corzo, una novela testimonial que huye de las ideas de autoayuda para reflexionar sobre la madurez femenina, la necesidad de aprobación, la autonomía y la reconexión con lo esencial.

En una entrevista exclusiva para TRAMA hablamos con la escritora sobre el paisaje humano de los pueblos, la acogida altruista de sus vecinos y cómo el silencio del entorno rural actúa como el mejor antídoto frente al ruido de la vida urbana.

PREGUNTA: Salir a caminar sola cientos de kilómetros por pequeños pueblos de la España vaciada no es algo habitual. ¿Cuál fue el momento exacto en el que sentiste que tenías que salir y que caminar era la única respuesta posible?

RESPUESTA: Quería experimentar lo que era no tener nada por delante: ni un lugar al que ir, ni ningún objetivo, ni un tiempo marcado. A la España vaciada llegué un poco por casualidad. Creía que no tener una dirección o un objetivo concreto me iba a permitir observar mejor el entorno e integrarme mejor, y en realidad eso es lo que pasó. Gracias a no tener ninguna meta ni exigencias, me permitió llegar a lugares a los que creo que jamás habría ido si no hubiera sido por eso.

P: Al preparar un viaje así en solitario suelen aparecer miedos o inquietudes, ¿qué pesaba más: la mochila física que llevabas contigo o la mochila cargada de esas emociones?

R: La mochila cargada de esas emociones era muy grande. Tanto de miedos como de culpa. En el universo femenino estamos más acostumbradas a cuidar y a estructurar la vida en torno a quienes nos necesitan. Tengo padres mayores e hijos que ya son adultos, pero igual hay una estructura que parece depender de ti, y romper eso genera culpa. Al final no solo cargas con tus miedos, cargas con todos los miedos de tu entorno. Todo el mundo me hablaba de los lobos, los osos o peligros en el camino. Realmente, mi mayor miedo era que el viaje resultara aburrido para los lectores que me seguían a través de mi newsletter, pero no sucedió para nada, cada día trajo su aventura y la gente lo siguió con un interés increíble.

P: ¿Cómo reaccionaba la gente que te cruzabas en el camino al ver una persona sola a pie?

R: Más que reaccionar, la gente interactuaba. Tuve interacciones preciosas que no se hubieran dado en absoluto si no hubiera ido sola. En los pueblos pequeños, los señores que estaban sentados en la puerta de casa mirando la vida pasar me decían: “Pero muchacha, ¿dónde vas tan cargada?”. Les llamaba mucho la atención el peso que llevaba. Pero lo más curioso era cómo se abrían las personas con las que me paraba a charlar: teníamos conversaciones realmente íntimas. Me decían que hacía mucho tiempo que no hablaban así con nadie. Al estar de paso, estás en el territorio, pero no eres del territorio, y ese estatus genera una apertura muy interesante.

P: ¿Qué aprendizaje te llevas de toda esta experiencia?

R: Lo más bonito es darte cuenta que en la España menos poblada en realidad son las personas las que sostienen el territorio. En cada momento en el que me encontré con un problema –sin agua, sin comida o sin alojamiento– siempre había alguien dispuesto a ayudar.

Un señor de un pueblo muy pequeño me preparó un bocadillo como a sus hijos y me abrió el ayuntamiento para que pudiera dormir; otro me prestó un camping gas y me dio carne y verdura porque no había comida ni ningún sitio donde comprar. Esas personas son la sangre que va por las venas de esa España menos poblada. En mi caso, creo que ser mujer jugó a mi favor: en esos entornos resultamos inofensivas, no damos miedo, y eso facilitó una acogida enormemente generosa y altruista.

P: Dado que el libro huye de los relatos de autoayuda, ¿cómo fue mirar de frente la dura realidad de estos pueblos ‘olvidados’?

R: No sé si lo definiría como “dura realidad”. Es una realidad menos cómoda, pero eso no significa más duro. Lo que sí tiene es una conexión mucho más profunda con la tierra y con uno mismo. Cuando caminas durante días, dejas atrás el ruido y te escuchas. En las ciudades hay tantos estímulos, reuniones e informaciones que terminamos aturullados. Los ritmos lentos de la España rural te devuelven el espacio mental para descubrir quién eres.

P: En la novela abordas la lucha contra los automatismos aprendidos del amor. ¿Cómo es posible que una mujer independiente, autónoma y madura siga necesitando gustar o adaptarse a lo que el otro espera cuando aparece el deseo o el vínculo romántico?

R: Es por un condicionamiento cultural muy profundo. Se nos ha enseñado a poner las relaciones afectivo-sexuales en el centro de nuestra vida, como si sin pareja nos faltara algo. El viaje me sirvió para entender que no quiero que nunca más otro ser humano ocupe mi centro. Se pueden tener relaciones amorosas bonitas, pero desde la autonomía, sin complacencia y sin la necesidad constante de gustar o encajar en ideales estéticos irreales.

P: Históricamente, las grandes historias de viaje escritas por hombres contaban una odisea cuyo final era el regreso al hogar. Ahora, ¿sientes que el viaje ya no busca volver a casa sino regresar a una misma?

R: Absolutamente. Aunque históricamente pocas mujeres han publicado sobre sus viajes –pese a que muchas los hicieron–, creo que nuestro viaje no busca el regreso al hogar, sino el encuentro con una misma.

Nos importa menos la odisea o las grandes hazañas y mucho más la conexión con el territorio y con la esencia de la vida. Como la literatura de viajes ha estado dominada por hombres hasta hace pocas décadas, se ha priorizado siempre la parte aventurera por encima de esa búsqueda interior.

Portada de la novela La mirada del corzo / Foto cedida por María Paula Fernández Pondal

P: El libro se titula ‘La mirada del corzo’, ¿qué representa ese encuentro con el animal en mitad del monte y qué diferencia hay entre mirar el mundo sin expectativas frente a vivir pendientes de la mirada ajena?

R: Cuando me encontré con el corzo, su primer instinto fue mirarme con sorpresa, calibrando si yo era un peligro, como hace cualquier animal. Pero una vez que decidió que no representaba una amenaza, se quedó observándome con pura curiosidad.

En cambio, la mirada del ciclista francés y la mía estaban cargadas de expectativas. Él buscaba un hada —algo etéreo e inexistente—, y a veces caemos en el error de intentar ajustarnos a expectativas irreales. Por mi parte, mi propia expectativa era no tener ninguna, intentar mirar como el corzo, pero en el encuentro humano todo ese ideal se desbarató.

Para mí, la mirada del corzo representa habitar el presente de forma plena y relacionarse con el entorno en absoluta libertad. Encontré esa plenitud en la mirada del animal, pero la perdí con la llegada del encuentro amoroso.

P: Tras esta experiencia, ¿qué verdad sobre ti misma o sobre el amor has desaprendido?

R: He desaprendido a vincularme desde la necesidad. Eso ha sido lo más importante, porque cuando actúas desde ahí caes en la complacencia y en la obsesión por agradar.

También he tenido que hacer las paces con el paso del tiempo en mi propio cuerpo. Al exponerte de nuevo a la mirada amorosa del otro, reaparecen inseguridades que creías superadas. Si a eso le sumas que, un año después de terminar el libro, atravesé un tumor y perdí el pelo, el impacto fue total.

Ha sido un aprendizaje durísimo, un volantazo brutal en mi vida, pero me ha enseñado a aceptarme tal como soy y a que me dé exactamente igual a quién gusto y a quién no.

P: ¿Qué mensaje le darías a las mujeres que sienten la necesidad de parar, pero no se atreven?

R: Les diría que no se trata tanto de detenerse físicamente o de echar a andar, sino de regalarse espacios de soledad y de silencio. No tiene por qué ser algo extremo ni prolongado, pero sí es indispensable.

Hoy en día nos falta pausa porque hemos sustituido la contemplación por la pantalla. Basta observar cualquier espera: todo el mundo saca el móvil y deja de mirar a su alrededor. Ese aislamiento nos arrebata la oportunidad de que ocurran encuentros reales.

Para mí, la verdadera aventura —en un viaje y en la vida— nace justamente de esos encuentros: ya sea con un corzo, con una encina, con un desconocido o con un territorio. Y si tenemos la cara metida dentro de una pantalla, es muy difícil apreciar todo eso.

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2 comentarios

Natalia Gómez del Pozuelo 02/10/2026 - 10:38

Ha sido un verdadero placer conversar con Álida Pastor sobre «La mirada del corzo».

Un viaje cobra sentido cuando se entrelaza con las personas y el territorio.

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Trama
Trama 02/10/2026 - 14:49

Muchas gracias por tu amabilidad, Natalia. Es todo un placer para nosotros poder dar voz a estas pequeñas grandes historias. ❤️

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